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JUANIN Y BEDOYA LOS ULTIMOS
GUERRILLEROS DE ANTONIO BREVERS RESISTENTES ESPAÑA FRANQUISTA DE POSTGUERRA
Noticia de el periódico EL PAIS http://www.elpais.com/articulo/portada/ultimos/echaron/monte/elpepusoceps/20080518elpepspor_3/Tes/
Los últimos
que se echaron al monte
JESÚS RUIZ MANTILLA 18/05/2008
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Se
mueven entre el mito y la leyenda negra. Juanín y Bedoya, los últimos
guerrilleros que resistieron al franquismo en los montes de Cantabria, fueron
héroes populares entre el silencio de la represión. Un libro clarifica su
historia.
Los niños de todas las co
A
Juan Fernández Ayala, la vida le dio cuatro cosas: un instinto casi animal para
la supervivencia, su proverbial tozudez, el idealismo de los irredentos y
muchos palos. En cambio, a Francisco Bedoya Gutiérrez le tocaron en gracia
otros atributos: un corpachón de gigante homérico, un corazón sensible, una
habilidad extrema para tallar juguetes de madera y algunos palos más que a su
compañero Juanín.
El destino tuvo la mala idea de unirles para echarse al monte en plena
dictadura. Su vida como fugitivos fue tan grandiosa que al convertirse España
en un país normal acabaron colgándose la medalla de
las leyendas. Pero llevaban también encima muchas manchas, muchos interrogantes
sin resolver. La sombra que más ha ensuciado su aventura ha quedado ahora
despejada.
Hasta la fecha, muchos fueron los que creyeron la historia oficial: que
Juanín acabó acribillado en una cuneta por disparos de Bedoya. Por la espalda.
Incluso la familia Fernández Ayala llegó a sostenerlo tras la muerte de Franco.
Pero la jugarreta de la traición ha quedado enterrada gracias a un libro que
reconstruye la vida de ambos: Juanín y Bedoya. Los últimos guerrilleros (Cloux
Editores), de Antonio Brevers.
Tirando del hilo durante ocho años de su vida, Brevers ha despejado
muchos interrogantes. De paso, este psicólogo metido a escritor, que era de los
niños que mataban las horas con el juego de los guerrilleros en Torrelavega, ha
ejercido toda una justicia histórica: “Quería que el libro tuviera una
dignidad, incluso en su formato, con tapa dura. Son personas que han sufrido
mucho, familias que han vivido la vergüenza como norma. Que ahora se
reivindique la figura de ambos y su historia como una de las atrocidades del
franquismo es muy importante para todos ellos”.
El interés por esta tragedia, que ha ido
acrecentando su mito en la memoria popular, ha saltado de inmediato. El libro,
sólo en Cantabria, ha vendido 10.000 ejemplares. Allí se ha editado con la
colaboración del gobierno regional, pero ahora se está distribuyendo por toda
España. La gente desea saber. Desde los familiares de los guerrilleros hasta
quienes sufrieron sus secuestros o atracos por supervivencia. Desde los vecinos
próximos hasta los niños que crecieron viendo cómo a sus mayores se les metía
en el cuartel y se les zurraba por la mera sospecha de que les hubiesen
proporcionado comida.
Pero la necesidad más justificada de indagar en los hechos es, para
Brevers, la de Ismael Gómez San Honorio, Maelín, el hijo de Francisco
Bedoya, con quien el fugitivo no logró volver a unirse en vida nunca más desde
que se echó al monte. La historia de Maelín es de las que de por sí merecen ya
un libro. Cuando éste era un niño, en Argentina, encontró una caja que guardaba
el secreto que su madre le ocultó: la identidad de su verdadero padre.
Ismael llegó a visitarle en la cárcel cuando era muy pequeño, pero tenía
un recuerdo demasiado borroso de aquel hombre que le regaló un camión de madera
tallado por él. El futuro de su padre era demasiado incierto como para que su
abuela no decidiera embarcar al niño hacia Argentina junto a su madre, Mercedes
San Honorio Pérez, Leles. Ella había rehecho su vida en América.
Todo el pequeño pasado de Maelín quedó también extirpado hasta que
descubrió aquel cofre. En él, Leles guardaba las cartas de Paco Bedoya desde la
cárcel, escritas antes de echarse al monte, y un recorte de prensa en el que se
contaba su caída. Ese mismo cofre con los secretos le fue entregado a Brevers
para que escribiera su libro. Pero la historia comienza antes. Con Juanín...
Cuando Franco ganó la guerra, a los derrotados les cabían tres opciones:
aguantar y agachar la cabeza, huir al extranjero o liarse para resistir en el
monte. Juan Fernández Ayala nunca fue de buen conformar. Más si, además, junto
a la desesperación de ver cómo su país se pondría bajo las botas de los
vencedores, tenía que aguantar palizas a diestro y siniestro. Así que decidió
resistir. Atrás habían quedado los tiempos más dulces, pocos, como recuerda en
un testimonio del libro Virginia Sierra, que le conoció: “Corrían malos tiempos
y no teníamos prácticamente nada. Las muñecas eran de trapo, y las pelotas, de
corteza de abedul. Pero éramos felices”. La guerra, en la que él combatió junto
a los republicanos, lo echó todo a perder. Pero aún más dura fue la derrota, la
represión que llegó de sopetón.
Juanín cumplió cárcel, fue uno más de los prisioneros que abarrotaban la
plaza de toros de Santander o la prisión improvisada de Tabacalera. Pocos
hubiesen dicho entonces que años después iba a volver loca a la Guardia Civil,
a los servicios secretos y a los jerifaltes del régimen. Al salir, en 1942, fue
incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos, y meses después había decidido
enrolarse en la Brigada Machado, la desperdigada por los Picos de Europa.
Mientras Juanín iba
A Juanín le conoció Bedoya de casualidad. Cuando se presentó un día en
su casa para recabar apoyos. Tampoco era raro verle de medio incógnito por el
pueblo, y el líder guerrillero acabó fijándose en el chico. Estaba hecho un
lío, sin saber qué hacer con la que se le venía encima personalmente. Había
tenido un hijo con su novia, Leles, y debía espabilar.
En la figura de Juanín, Bedoya encontró a un padre. Congeniaron pronto.
Al más joven le hacían gracia las imitaciones que improvisaba Juanín, y a éste
le caía bien el aspirante a estrella de la canción. Soñar ha sido siempre
gratis, y Bedoya no se perdía jamás la emisión por radio de Fiesta en el
aire, el Operación triunfo de la época, que escuchaba con los amigos
por el aparato Telefunken de la taberna de Alfredo.
Mientras España escapaba de ese presente mísero como podía, los
guerrilleros de los Picos de Europa andaban a otras cosas. Su dilema era matar
a Franco o no matarle. El caudillo se paseaba por la zona a menudo para pescar
a poder ser el campanu, como se conoce al primer salmón de la temporada.
Varios querían dar el golpe, pero entre los que se opusieron estaba
Juanín. Para él, cometer el atentado poco cambiaría las cosas. Los suyos, sin
embargo, lo pagarían como ratas. Entre tanto, los guardias aplicaban con celo
varias detenciones preventivas e interrogatorios contra todos aquellos que no
se sabe muy bien a qué se dedicaban por la co
Personalmente, aquello fue la gota que colmó el vaso a ojos de la
familia de su novia. No les costó mucho convencerla para que se fuera a
Argentina. El niño se quedaría con su abuela materna, pero poco después le
enviaron allá. Bedoya, que era un tipo callado y taciturno, mataba el tiempo en
la cárcel tallando juguetes de madera para Maelín y escribiendo a Leles.
También leía. De todo menos novelas de Lafuente Estefanía y El Coyote.
“¡Para leer eso, mejor sería que leyeseis el catecismo, mecagüen!”, escuchó él
mismo decir a Juanín tantas veces.
Corría ya el año 1952 y Bedoya seguía en la cárcel. Le habían denegado
alguna rebaja y empezaba a desesperarse. Pero hubo otro suceso que le afectó
aún más. Le llegaron noticias de que su casa familiar había sido arrasada por
las llamas con todo el g
El cerco se estrechaba. Las detenciones de familiares como anzuelo para
la rendición eran la norma. Así que la madre y una herm
La vida en el monte fue dura. Construían refugios en varios lugares,
aunque se perdían principalmente en Monte Corona. “Los chamizos estaban
construidos con papel brea, una especie de tela asfáltica. Todo parecía
ordenado, saneado, con sistemas de drenaje. Se convirtieron en auténticos
ingenieros”, asegura el autor del libro.
¿Y quién pagaba todo aquello? Los
robos, los secuestros, los rescates… Bajaban a los pueblos y recaudaban con quienes
sabían que no iban a tener muchos problemas económicos. Eran una especie de
mezcla entre Robin Hood y el bandido Fendetestas, el personaje de El bosque
animado, incapaz de hacer daño. De aquí cogían unos panes y unos chorizos,
de las tiendas; un pedido con comida para unos días. Disparaban si se veían
acosados. Y se vieron, pero 14 veces burlaron el cerco. “Incluso invitaban a
los guardias de incógnito a café y les dejaban una nota”. Descaradas, como
ésta. “Yo, Juanín, tengo el honor de invitar a café al capitán de la Guardia
Civil de Potes, y que le aproveche, como a los pajaritos los perdigones”. Se
les tenía respeto, admiración y miedo entre los guardias. “Cuando subían a
vigilar por el monte iban fumando o silbando para que se dieran por aludidos y
no les hicieran nada”, dice Antonio Brevers.
Pero tanto tiempo haciéndole jugarretas al destino no podía durar mucho.
La prensa internacional se hacía eco de sus hazañas, y se negoció incluso, por
medio de don Desiderio, párroco de la zona, la salida de Juanín a Francia.
Finalmente, el cura no se fió de las autoridades. Sabía que le matarían, como
ocurrió después. Fue fortuitamente, durante una guardia. Uno de los vigilantes
vio moverse algo, disparó y alcanzó al guerrillero. “No supo ni que había matado
a Juanín, se dio cuenta más tarde”, comenta el autor. Bedoya iba detrás, pero
no hizo nada, aunque todo se reconstruyera después para alimentar una mentira
oficial que Brevers desmonta ahora.
Su compañero no tardó en caer. Fue siete meses después, en diciembre de
1957, tras una vida furtiva que duró, junto a Juanín, cinco años. Le emboscaron
en la carretera cerc
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24 de abril de 1957,
sobre las 18,30 horas, en el cuartel situado a la entrada de Vega de Liéb |
Agazapados en algún lugar del monte de Señas, Juanín y Bedoya observan con sus prismáticos los movimientos de la Guardia Civil. La excepcional panorámica que se divisa desde allí, permite seguir sus pasos desde el mismísimo cuartel y gran parte del camino. Los miembros de la Benemérita avanzan con sus capas por el camino en dirección a Valcayo.
Juanín y Bedoya, después
de haber visto pasar a la pareja, comienzan a descender por el camino de Señas,
su intención llegar hasta el cementerio y esconderse allí para cruzar después la
carretera. Dos enormes royas de castaño situadas poco antes de enlazar el
camino de Señas con la carretera servirían de parapeto para cubrir el paso.
Son
casi las 21 horas, está oscureciendo y el viento barrunta lluvia. Fernández
Ayala, junto a Bedoya han permanecido ocultos tras el muro del cementerio
esperando el momento de cruzar en dirección al molino. Juanín se adelanta. En
su mano derecha porta la pistola y en la izquierda una vara de avellano. Una
vez ha pisado la carretera, mira de forma insistente en dirección a Vega de
Liéb
¡Alto a la Guardia Civil!. Juanín, comienza a
correr en zigzag en dirección a la Vega. Rollán dispara una ráfaga en abanico,
una de las balas le siega la yugular, dos más se incrustan el el cuerpo de
Fernández Ayala. Es probable que Juanín intentase defenderse con su nueve
largo, llegando a realizar algún disparo. Mientras tanto, Bedoya parapetado
tras los maderos, dispara con su pistola. Después emprende la
huida monte arriba. Unos minutos mas tarde aun hará unos disparos
al aire con la esperanza de obtener respuesta de su compañero.
Rollán permanecerá junto al cuerpo aun sin identificar, mientras Agüeros acude en busca de refuerzo. Este regresa junto a la brigadilla, siendo uno de sus miembros quien reconoce finalmente al fallecido, efectuando dos tiros a quemarropa sobre su rostro. Este incidente fue observado también por algún vecino de La Vega, que fue requerido para acompañar a los guardias.
En el momento de su muerte llevaba puesto
dos camisas y dos pantalones, 8.500 pesetas, un bloc de notas con
apuntes, un preservativo, dos cajas de tabaco, 6 aspirinas y una fotografía de
su herm
El cadáver del emboscado permanecería toda la noche en la carretera. Por la mañ
Juanín yacía muerto.
Mientras, su herm
http://es.geocities.com/los_del_monte/incognitas.htm
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¿La muerte de Fernández Ayala fue casual? ¿Llegó a estar Juanín en Francia? ¿Fue un personaje sanguinario?
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¿La muerte de Fernández Ayala fue casual? La incógnita fundamental durante todos estos años ha girado en torno a si Juan Fernández Ayala falleció fruto de una posible delación o tan solo se debió a un encuentro casual con la Guardia Civil. La muerte de un mito siempre conlleva la aparición de todo tipo de rumores y conjeturas. Se ha especulado mucho al respecto. Muchas de las personas con las que he hablado se manifiestan claramente a favor de la teoría de una posible traición. Se ha mencionado algún nombre, pero no existe una certeza absoluta al respecto.
Las propias herm |
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¿Le entregó Bedoya? Fue la primera hipótesis que se barajó en la zona. Bedoya habría traicionado a su compañero disparándole con su pistola a cambio de facilitarle vía libre para ir a Francia. Dos hechos fortalecieron aun más la idea de la traición de Bedoya: 1.- Por un lado los dos impactos a quemarropa que presentaba el rostro de Juanín. |
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Pero los disparos efectuados a quemarropa fueron realizados por un conocido miembro de la brigadilla cuando Fernández Ayala ya estaba muerto. Pedro Álvarez así lo recoge en su libro y yo mismo he tenido ocasión de hablar con un testigo de aquellos hechos, que me ha corroborado tal acción deplorable. 2.-
La oscura figura de San Miguel, cuñado de Bedoya. Confidente policial que
intentó g La cacería de Bedoya, en la que también falleció San Miguel, puso de manifiesto las relaciones de este último con la policía. Lo que alimentó la idea de la conspiración de Bedoya y su cuñado para acabar con Juanín. No es en absoluto probable que Bedoya entregase a Juanín, por el que sentía gran afecto y admiración. Antes de incorporarse al monte, Bedoya tuvo oportunidad de intentar pasar a Francia, pero prefirió unirse a Juanín. Tras la muerte de éste, Bedoya se sentía solo y vulnerable. No le debió ser muy difícil a San Miguel embaucar a su cuñado con la promesa del viaje a Francia.
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¿Alguién señaló el paso? Otra posibilidad. A nivel popular se barajan algunos nombres, gente que "medró" con el paso del tiempo. Es factible que les estuviesen esperando junto al molino. De todos es sabido que Juanín era extremadamente prudente antes de cruzar una carretera, era capaz de esperar durante horas antes de asegurarse el paso. Teóricamente Juanín y su compañero ocupaban una posición ventajosa, tanto para observar el movimiento en los alrededores como para repeler Bedoya los disparos de los guardias. En una fotografía publicada por el Diario Montañes indicando el lugar del encuentro, se puede apreciar la ubicación de los maderos de castaño, tras los que supuestamente se parapetó Bedoya. Las posibilidades de sobrevivir de los guardias, habrían sido más bien escasas. |
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Algunos testigos con los que he hablado, aseguran
que en el momento en que se escucharon los disparos (que por cierto no fueron
muchos) era aun de día. Alguno de esos testigos, recuerda sin lugar a
dudas, estar arreglando su g La especial orografía del terreno, con el desnivel situado frente al molino, resultaba un lugar idóneo para esperar sin ser vistos y bien protegidos, a los emboscados.
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¿Encuentro fortuito con Rollán y Agüeros? ¿Todo se debió a un encuentro casual o un servicio mal realizado?. Esta hipótesis, que en un pasado hubiera sido prácticamente desestimada, tiene en la actualidad el peso suficiente para ser tenida muy en cuenta. Pero con también con cierta prudencia. Pedro Álvarez llegó a entrevistarse con Leopoldo Rollán, el guardia que mató a Juanín. Su versión: <<Rollán al tomar la curva se encuentra con un hombre que bajaba del camino de Señas y se disponía a cruzar en dirección al molino. En la oscuridad de la noche Rollán movió sus pies y Juanín se volvió. Al ver al guardia, Juanín comienza a huir en zigzag, mientras dispara su pistola. Rollan dispara una ráfaga en abanico, que acaba con Juanín>>.
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Según esta versión, dos balas disparadas por Juanín se alojaron en la capa de Agüeros y tres disparadas por Bedoya en la capa de Rollán. Todo entra dentro de lo posible, pero ......... la verdad es que suena un poco peliculesco. Juanín, supuestamente de noche, corriendo en zigzag mientras le disparan una ráfaga de ametralladora, es capaz de hacer dos blancos a su espalda en el capote de Agüeros, que para colmo venía a unos 14 metros de Rollán. Bueno, supongamos por un momento que ocurrió algo parecido. De la pareja de emboscados, Bedoya era el que menos pericia e intuición tenía. Pudo fallar en la observación y en los disparos. A buen seguro, de haber sido Juanín en lugar de su compañero, el encargado de cubrir el paso desde el antiguo cementerio, la suerte de los dos guardias habría sido bien diferente.
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¿Llegó a estar Juanín en Francia?
Algunas En cuanto a los
motivos para permanecer tanto tiempo en el monte (como sobre otros aspectos
de su vida) existe un amplio abanico de posibilidades. Desde motivos
puramente person No parece muy creíble la justificación de su permanencia por motivos puramente económicos. Isidro Cicero ha calculado que la pareja de emboscados consiguió 78.651 pesetas entre 1953 y 1957. Una sencilla operación aritmética nos permite conocer el <<presupuesto>> de los dos guerrilleros. Los que le conocieron íntimamente, se inclinan por motivos puramente idealistas y románticos, fruto de una vida llena de injusticias y persecuciones. Varios fueron los intentos por convencerle para ir al vecino país: - Lorenzo Sierra tras abandonar el monteee por problemas n la vista llega a Madrid. A través de su madre le hace llegar a Juanín documentación falsa e instrucciones para unirse a él y atravesar la frontera. La respuesta a la madre de Lorenzo: "prefiero morir aquí". - Los familiares de Gildo le ofrecieron la necesaria cobertura rechazándolo. - El padre Prieto, director de la Escolaaanía de la Pontificia de Comillas, también intentó convencer y ayudar a Fernández Ayala a salir al extranjero. - En 1955, cuando huyen José Marcos Campppillo y Santiago Rey, esperaron hasta el último minuto a Juanín y Bedoya, quienes finalmente desistieron. Se tiene constancia de que en los últimos años, Juanín llegó a plantearse su paso a Francia. Su amigo de la infancia Don Desiderio, capellán del Monasterio de Santo Toribio, mantuvo en octubre de 1956 contactos con el Ministerio de la Gobernación para negociar la salida del país de Fernández Ayala. Se exigió como garantía una carta firmada por el Generalísimo Franco autorizando la salida, debiendo ser depositada una copia del documento, para evitar posibles traiciones, en la agencia de noticias United Press. Obviamente, tal exigencia no fue cumplida.
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¿Fue un personaje sanguinario? La prensa de la época presentaba a Juanín como un bandolero cruel y sanguinario, que tenía a modo de trofeo en la cueva donde se escondía, los 28 tricornios y correajes de los guardias civiles que había asesinado. Con la correspondiente inscripción en los mismos de la fecha en que acabó con ellos. En esa línea estarian las controvertidas declaraciones de Victorio Vicuña, antiguo jefe de la X Brigada de la UNE en Francia, recogidas por Mikel Rodríguez y que podéis encontrar en el apartado "documentos" http://es.geocities.com/los_del_monte/Mikel_Rodriguez.htm Vicuña, define a Juanín como un temido personaje que en su cueva conservaba decenas de tricornios y correajes de los guardias a los que había asesinado. La propia guardia civil da poco crédito a esa posibilidad. Un oficial de ese cuerpo manifestaba que dado el carácter bromista del fugitivo, bien podrían ser tricornios sustraídos en el cuartel de la Vega o en algún otro lugar. Contrariamente a la fama atribuida, Fernández Ayala cometió un asesinato, el del cabo José García en Ruiloba. Este a su vez había dado muerte meses antes a "el Tuerto" en un enfrentamiento en el monte Valdediezma. Juanín y José García eran amigos de la infancia. El cabo García sentía especial animadversión sobre Quintiliano Guerrero, "el tuerto". En alguna ocasión había hecho público su deseo de acabar con él. Juanín llegó a realizar la siguiente advertencia cara a cara a José: "el día que te cargues al tuerto, 24 horas duras". Un enlace de Juanín vio como felicitaban al cabo García tras haber dado muerte al tuerto. Se desplazó hasta donde permanecía oculto el emboscado. Afirma que al darle la noticia, Juanín abandonó precipitadamente el lugar totalmente encolerizado. Había terminado una larga amistad. Sin embargo, parece
ser que el asesinato de José García, pudo deberse más a un hecho fortuito.
Juanín disparó sobre él al verse descubierto una noche en Ruiloba asaltando
un establecimiento comercial. Algunas personas cerc Un antiguo enlace manifestó que un día encontrándose con Juanín, le sugirió un lugar por donde pasarían una pareja de guardias que le andaban buscando sugiriéndole la posibilidad de acabar con ellos. Juanín se volvió enfurecido al enlace: "pero que dices, ¿tu sabes lo que cuesta hacer un hombre, para que llegue un hijo puta y lo mate?". Está lo suficientemente contrastado el carácter afable, noble y desprendido del emboscado. Y también según dicen era bien parecido. Cuando a alguna mujeruca que lo conoció e incluso moceó con él en las romerías lebaniegas, la he preguntado ¿y era guapo Juanín?, he podido apreciar junto a una inmensa sonrisa, ese especial brillo en los ojos que ni el paso del tiempo es capaz de apagar, mientras respondían: <<si que era guapo, si. Era muy buen mozo, una gran persona y muy simpático>>. Pero también tenía otro aspecto que mostrar. Cuando la ocasión lo requería, adoptaba un carácter duro e incluso violento. Sabía imponerse en el grupo. Tampoco algunos guardias tenían mal concepto del emboscado. <<Habéis de saber que yo a Juanín le respeté mucho. Y si vosotros supierais su historia y su genialidad lo respetaríais igual. Me tuvo a tiro varias veces, pudo haberme matado y no lo hizo. Sabía que al fin y al cabo yo no era más que un pobre guardia. Las circunstancias le obligaron también a él a ser lo que fue>>, relata un guardia civil retirado. Mauricio, otro miembro de la benemerita dice refiriéndose a Juanín: <<Pudo haberme matado, pero no era un sanguinario. ¡que vida a tenido que llevar uno!. Hoy cayó este hombre muerto, otro día pude haber caido yo. Pro estad seguros, que ni él, ni yo, ni nadie de los que andábamos agarrando mojaduras, miedos y hambres merecíamos morir a tiros. Os lo aseguro>> Sobre sus convicciones
religiosas, en su entorno familiar se asegura era creyente. Cuando murió,
entre sus efectos person Presidiendo el monte de la Viorna, sobre el monasterio de Santo Toribio, se encuentra una gran cruz de hormigón. Se comenta que Juanín y Gildo ayudaron a José Posada, a subir por las noches con sus burros, el material necesario para la obra. Otro hecho no debe de pasarnos desapercibido. Varios miembros de la iglesia mantuvieron contacto con el fugitivo e intentaron ayudarle. Quienes le conocieron, afirman que Fernández Ayala, era una persona normal. Ni un bandolero ni un revolucionario. Seguramente, sin aquellas palizas, y de haber sido posible su reincorporación normal a la sociedad, como muchos otros lebaniegos habría emigrado en los años sesenta hacia alguna ciudad industrial, donde con su habilidad e inteligencia, a buen seguro habría llevado una vida tranquila y digna. ¡Como la mayoría de los del monte!
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