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JUANIN Y BEDOYA LOS ULTIMOS GUERRILLEROS DE ANTONIO BREVERS RESISTENTES ESPAÑA FRANQUISTA DE POSTGUERRA

Noticia de el periódico EL PAIS http://www.elpais.com/articulo/portada/ultimos/echaron/monte/elpepusoceps/20080518elpepspor_3/Tes/

Los últimos que se echaron al monte

JESÚS RUIZ MANTILLA 18/05/2008

 

 

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Se mueven entre el mito y la leyenda negra. Juanín y Bedoya, los últimos guerrilleros que resistieron al franquismo en los montes de Cantabria, fueron héroes populares entre el silencio de la represión. Un libro clarifica su historia.

Los niños de todas las comarcas que circundan el recóndito y hermoso valle de Liébana, en Cantabria, han jugado desde hace décadas a Juanín y Bedoya. Se mofaban de los cercos que les tendían los supuestos guardias, y quedaban para el arrastre después de un pillo que te pillo en los bosques y los prados donde correteaban tiroteándose de mentira. Pero la bárbara resistencia de estos dos guerrilleros que se echaron al monte para luchar contra el franquismo –los últimos en la Península– fue de todo menos una broma.

A Juan Fernández Ayala, la vida le dio cuatro cosas: un instinto casi animal para la supervivencia, su proverbial tozudez, el idealismo de los irredentos y muchos palos. En cambio, a Francisco Bedoya Gutiérrez le tocaron en gracia otros atributos: un corpachón de gigante homérico, un corazón sensible, una habilidad extrema para tallar juguetes de madera y algunos palos más que a su compañero Juanín.

El destino tuvo la mala idea de unirles para echarse al monte en plena dictadura. Su vida como fugitivos fue tan grandiosa que al convertirse España en un país normal acabaron colgándose la medalla de las leyendas. Pero llevaban también encima muchas manchas, muchos interrogantes sin resolver. La sombra que más ha ensuciado su aventura ha quedado ahora despejada.

Hasta la fecha, muchos fueron los que creyeron la historia oficial: que Juanín acabó acribillado en una cuneta por disparos de Bedoya. Por la espalda. Incluso la familia Fernández Ayala llegó a sostenerlo tras la muerte de Franco. Pero la jugarreta de la traición ha quedado enterrada gracias a un libro que reconstruye la vida de ambos: Juanín y Bedoya. Los últimos guerrilleros (Cloux Editores), de Antonio Brevers.

Tirando del hilo durante ocho años de su vida, Brevers ha despejado muchos interrogantes. De paso, este psicólogo metido a escritor, que era de los niños que mataban las horas con el juego de los guerrilleros en Torrelavega, ha ejercido toda una justicia histórica: “Quería que el libro tuviera una dignidad, incluso en su formato, con tapa dura. Son personas que han sufrido mucho, familias que han vivido la vergüenza como norma. Que ahora se reivindique la figura de ambos y su historia como una de las atrocidades del franquismo es muy importante para todos ellos”.

El interés por esta tragedia, que ha ido acrecentando su mito en la memoria popular, ha saltado de inmediato. El libro, sólo en Cantabria, ha vendido 10.000 ejemplares. Allí se ha editado con la colaboración del gobierno regional, pero ahora se está distribuyendo por toda España. La gente desea saber. Desde los familiares de los guerrilleros hasta quienes sufrieron sus secuestros o atracos por supervivencia. Desde los vecinos próximos hasta los niños que crecieron viendo cómo a sus mayores se les metía en el cuartel y se les zurraba por la mera sospecha de que les hubiesen proporcionado comida.

Pero la necesidad más justificada de indagar en los hechos es, para Brevers, la de Ismael Gómez San Honorio, Maelín, el hijo de Francisco Bedoya, con quien el fugitivo no logró volver a unirse en vida nunca más desde que se echó al monte. La historia de Maelín es de las que de por sí merecen ya un libro. Cuando éste era un niño, en Argentina, encontró una caja que guardaba el secreto que su madre le ocultó: la identidad de su verdadero padre.

Ismael llegó a visitarle en la cárcel cuando era muy pequeño, pero tenía un recuerdo demasiado borroso de aquel hombre que le regaló un camión de madera tallado por él. El futuro de su padre era demasiado incierto como para que su abuela no decidiera embarcar al niño hacia Argentina junto a su madre, Mercedes San Honorio Pérez, Leles. Ella había rehecho su vida en América.

Todo el pequeño pasado de Maelín quedó también extirpado hasta que descubrió aquel cofre. En él, Leles guardaba las cartas de Paco Bedoya desde la cárcel, escritas antes de echarse al monte, y un recorte de prensa en el que se contaba su caída. Ese mismo cofre con los secretos le fue entregado a Brevers para que escribiera su libro. Pero la historia comienza antes. Con Juanín...

Cuando Franco ganó la guerra, a los derrotados les cabían tres opciones: aguantar y agachar la cabeza, huir al extranjero o liarse para resistir en el monte. Juan Fernández Ayala nunca fue de buen conformar. Más si, además, junto a la desesperación de ver cómo su país se pondría bajo las botas de los vencedores, tenía que aguantar palizas a diestro y siniestro. Así que decidió resistir. Atrás habían quedado los tiempos más dulces, pocos, como recuerda en un testimonio del libro Virginia Sierra, que le conoció: “Corrían malos tiempos y no teníamos prácticamente nada. Las muñecas eran de trapo, y las pelotas, de corteza de abedul. Pero éramos felices”. La guerra, en la que él combatió junto a los republicanos, lo echó todo a perder. Pero aún más dura fue la derrota, la represión que llegó de sopetón.

Juanín cumplió cárcel, fue uno más de los prisioneros que abarrotaban la plaza de toros de Santander o la prisión improvisada de Tabacalera. Pocos hubiesen dicho entonces que años después iba a volver loca a la Guardia Civil, a los servicios secretos y a los jerifaltes del régimen. Al salir, en 1942, fue incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos, y meses después había decidido enrolarse en la Brigada Machado, la desperdigada por los Picos de Europa.

Mientras Juanín iba marcándose de cicatrices, nada apuntaba a que Paco Bedoya acabaría como él. Era más joven que Juanín, ni siquiera había combatido en la guerra por la sencilla razón de que entonces no era más que un niño. Había nacido en Serdio el 26 de mayo de 1929. Iba para carpintero, aunque tenía más bien dotes de ebanista. Eso, unido a que cantaba como un Caruso, daba prueba de que bajo su corpachón se escondía un alma sensible.

A Juanín le conoció Bedoya de casualidad. Cuando se presentó un día en su casa para recabar apoyos. Tampoco era raro verle de medio incógnito por el pueblo, y el líder guerrillero acabó fijándose en el chico. Estaba hecho un lío, sin saber qué hacer con la que se le venía encima personalmente. Había tenido un hijo con su novia, Leles, y debía espabilar.

En la figura de Juanín, Bedoya encontró a un padre. Congeniaron pronto. Al más joven le hacían gracia las imitaciones que improvisaba Juanín, y a éste le caía bien el aspirante a estrella de la canción. Soñar ha sido siempre gratis, y Bedoya no se perdía jamás la emisión por radio de Fiesta en el aire, el Operación triunfo de la época, que escuchaba con los amigos por el aparato Telefunken de la taberna de Alfredo.

Mientras España escapaba de ese presente mísero como podía, los guerrilleros de los Picos de Europa andaban a otras cosas. Su dilema era matar a Franco o no matarle. El caudillo se paseaba por la zona a menudo para pescar a poder ser el campanu, como se conoce al primer salmón de la temporada. Varios querían dar el golpe, pero entre los que se opusieron estaba Juanín. Para él, cometer el atentado poco cambiaría las cosas. Los suyos, sin embargo, lo pagarían como ratas. Entre tanto, los guardias aplicaban con celo varias detenciones preventivas e interrogatorios contra todos aquellos que no se sabe muy bien a qué se dedicaban por la comarca. En una de esas inspecciones, llevadas a cabo para que no hubiese problemas con el dictador, alguien delató a Bedoya. Estaba claro que el chico tenía contactos con la guerrilla y lo pagó.

Personalmente, aquello fue la gota que colmó el vaso a ojos de la familia de su novia. No les costó mucho convencerla para que se fuera a Argentina. El niño se quedaría con su abuela materna, pero poco después le enviaron allá. Bedoya, que era un tipo callado y taciturno, mataba el tiempo en la cárcel tallando juguetes de madera para Maelín y escribiendo a Leles. También leía. De todo menos novelas de Lafuente Estefanía y El Coyote. “¡Para leer eso, mejor sería que leyeseis el catecismo, mecagüen!”, escuchó él mismo decir a Juanín tantas veces.

Corría ya el año 1952 y Bedoya seguía en la cárcel. Le habían denegado alguna rebaja y empezaba a desesperarse. Pero hubo otro suceso que le afectó aún más. Le llegaron noticias de que su casa familiar había sido arrasada por las llamas con todo el ganado en el interior. Eso precipitó su fuga. Era el mayor desastre para los suyos.

El cerco se estrechaba. Las detenciones de familiares como anzuelo para la rendición eran la norma. Así que la madre y una hermana de Juanín, Avelina, acabaron entre rejas. “En lugar de que aquella medida le convenciera para mandarlo todo al traste, el guerrillero decidió quedarse e ir a por todas; era la única forma que tenía de proteger a su familia”, según Brevers. Fue entonces cuando comenzó la leyenda de Juanín y Bedoya como pareja. Cuando tuvo que organizarse un cerco que fue de los más impresionantes del franquismo: “Existía un subsector específico que comprendía Asturias, León, Cantabria, Palencia y Burgos, con un coronel al mando”, comenta Brevers. Aun así, costó cazarles.

La vida en el monte fue dura. Construían refugios en varios lugares, aunque se perdían principalmente en Monte Corona. “Los chamizos estaban construidos con papel brea, una especie de tela asfáltica. Todo parecía ordenado, saneado, con sistemas de drenaje. Se convirtieron en auténticos ingenieros”, asegura el autor del libro.

¿Y quién pagaba todo aquello? Los robos, los secuestros, los rescates… Bajaban a los pueblos y recaudaban con quienes sabían que no iban a tener muchos problemas económicos. Eran una especie de mezcla entre Robin Hood y el bandido Fendetestas, el personaje de El bosque animado, incapaz de hacer daño. De aquí cogían unos panes y unos chorizos, de las tiendas; un pedido con comida para unos días. Disparaban si se veían acosados. Y se vieron, pero 14 veces burlaron el cerco. “Incluso invitaban a los guardias de incógnito a café y les dejaban una nota”. Descaradas, como ésta. “Yo, Juanín, tengo el honor de invitar a café al capitán de la Guardia Civil de Potes, y que le aproveche, como a los pajaritos los perdigones”. Se les tenía respeto, admiración y miedo entre los guardias. “Cuando subían a vigilar por el monte iban fumando o silbando para que se dieran por aludidos y no les hicieran nada”, dice Antonio Brevers.

Pero tanto tiempo haciéndole jugarretas al destino no podía durar mucho. La prensa internacional se hacía eco de sus hazañas, y se negoció incluso, por medio de don Desiderio, párroco de la zona, la salida de Juanín a Francia. Finalmente, el cura no se fió de las autoridades. Sabía que le matarían, como ocurrió después. Fue fortuitamente, durante una guardia. Uno de los vigilantes vio moverse algo, disparó y alcanzó al guerrillero. “No supo ni que había matado a Juanín, se dio cuenta más tarde”, comenta el autor. Bedoya iba detrás, pero no hizo nada, aunque todo se reconstruyera después para alimentar una mentira oficial que Brevers desmonta ahora.

Su compañero no tardó en caer. Fue siete meses después, en diciembre de 1957, tras una vida furtiva que duró, junto a Juanín, cinco años. Le emboscaron en la carretera cercana a Castro Urdiales, cuando escapaba a Francia, se supone. Un soplo propició su captura, y acabó tiroteado, como su amigo del alma, al borde de un arcén.

 

Más información sobre el libro: http://www.telefonica.net/web2/juaninybedoya/etapas.htm

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http://www.juaninybedoya.es/


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http://es.geocities.com/los_del_monte/curva_molino.htm

 

         24 de abril de 1957, sobre las 18,30 horas, en el cuartel situado a la entrada de Vega de Liébana, la pareja de la Guardia Civil, formada por el cabo Leopoldo Rollán Arenales y el número Ángel Agüeros Rodríguez, se dispone ha realizar su servicio. Una contramarcha que consistiría en ir a Valcayo, luego a Soberao y regresar a la Vega de Liébana. De retén en el acuartelamiento queda tan solo un guardia

Agazapados en  algún lugar del monte de Señas, Juanín y Bedoya observan con sus prismáticos los movimientos de la Guardia Civil. La excepcional panorámica que se divisa desde allí, permite seguir sus pasos desde el mismísimo cuartel y gran parte del camino. Los miembros de la Benemérita avanzan con sus capas por el camino en dirección a Valcayo.

  Juanín y Bedoya, después de haber visto pasar a la pareja, comienzan a descender por el camino de Señas, su intención llegar hasta el cementerio y esconderse allí para cruzar después la carretera. Dos enormes royas de castaño situadas poco antes de enlazar el camino de Señas con la carretera servirían de parapeto para cubrir el paso.

 

  Son casi las 21 horas, está oscureciendo y el viento barrunta lluvia. Fernández Ayala, junto a Bedoya han permanecido ocultos tras el muro del cementerio esperando el momento de cruzar en dirección al molino. Juanín se adelanta. En su mano derecha porta la pistola y en la izquierda una vara de avellano. Una vez ha pisado la carretera, mira de forma insistente en dirección a Vega de Liébana para asegurarse no ser visto. Sin embargo aparece a su espalda el cabo Rollán, la noche y el viento han camuflado su presencia. Agüeros le sigue reglamentariamente a unos metros en el lado opuesto de la carretera.

 

       ¡Alto a la Guardia Civil!. Juanín, comienza a correr en zigzag en dirección a la Vega. Rollán dispara una ráfaga en abanico, una de las balas le siega la yugular, dos más se incrustan el el cuerpo de Fernández Ayala. Es probable que Juanín intentase defenderse con su nueve largo, llegando a realizar algún disparo. Mientras tanto, Bedoya parapetado tras los maderos, dispara con su pistola. Después emprende la huida monte arriba. Unos minutos mas tarde aun  hará unos disparos al aire con la esperanza de obtener respuesta de su compañero. 

 

Rollán permanecerá junto al cuerpo aun sin identificar, mientras Agüeros acude en busca de refuerzo. Este regresa junto a la brigadilla, siendo uno de sus miembros quien reconoce finalmente al fallecido, efectuando dos tiros a quemarropa sobre su rostro. Este incidente fue observado también por algún vecino de La Vega, que fue requerido para acompañar a los guardias. 

         En el momento de su muerte llevaba puesto dos camisas y dos pantalones,  8.500 pesetas, un bloc de notas con apuntes, un preservativo, dos cajas de tabaco, 6 aspirinas y una fotografía de su hermana Avelina. Además de la metralleta y la pistola una bomba de mano y unos prismáticos completaban su equipamiento

    El cadáver del emboscado permanecería toda la noche en la carretera. Por la mañana fue expuesto apoyado contra un muro. Posteriormente envuelto en unos sacos y trasladado en Land Rover al cementerio de Potes, donde su cuerpo fue nuevamente exhibido ante multitud de curiosos venidos de todos los rincones de la Región. Posteriormente sería enterrado tras el deposito del cementerio, donde estaba el lugar destinado a  la fosa común. En un principio se le pretendió enterrar sin ataúd, pero gracias al un vecino de Potes, Martín Almirante, en cuya casa había trabajado la madre de Fernández Ayala, se pudo realizar el sepelio con un mínimo de dignidad para el fallecido y sus familiares.

Juanín  yacía muerto. Mientras, su hermana María que sufría destierro, daba a luz un varón. Bautizado como no podía ser de otra manera, con el nombre de JUAN.

 

http://es.geocities.com/los_del_monte/incognitas.htm

 

¿La muerte de Fernández Ayala fue casual?

     ¿Llegó a estar Juanín en Francia? 

  ¿Fue un personaje sanguinario?

 

       

  ¿La muerte de Fernández Ayala fue casual?

         La incógnita fundamental durante todos estos años ha girado en torno a si Juan Fernández Ayala falleció fruto de una posible delación o tan solo se debió a un encuentro casual con la Guardia Civil.

        La muerte de un mito siempre conlleva la aparición de todo tipo de rumores y conjeturas. Se ha especulado mucho al respecto. Muchas de las personas con las que he hablado se manifiestan claramente a favor de la teoría de una posible traición. Se ha mencionado algún nombre, pero no existe una certeza absoluta al respecto.

       Las propias hermanas de Juanín en una replica a una nota publicada en la Hoja del Lunes en abril de 1977, al cumplirse los 20 años de su muerte afirman: <<A Juan no le mató la Guardia Civil.  A  nuestro hermano le mató de un tiro en la nuca alguien que le traicionó. Pero esta versión nos la reservamos hasta que creamos oportuno el momento de revelarla>>.      

 

¿Le entregó Bedoya?

        Fue la primera hipótesis que se barajó en la zona. Bedoya habría traicionado a su compañero disparándole con su pistola a cambio de facilitarle vía libre para ir a Francia.

        Dos hechos fortalecieron aun más la idea de la traición de Bedoya:

        1.-  Por un lado los dos impactos a quemarropa que presentaba el rostro de Juanín.

Pero los disparos efectuados a quemarropa fueron realizados por un conocido miembro de la brigadilla cuando Fernández Ayala ya estaba muerto. Pedro Álvarez así lo recoge en su libro y yo mismo he tenido ocasión de hablar con un testigo de aquellos hechos, que me ha corroborado tal acción deplorable.

         2.-  La oscura figura de San Miguel, cuñado de Bedoya. Confidente policial que intentó ganarse la confianza de la familia de Francisco Bedoya , llegando incluso a casarse con su hermana. Su objetivo: acabar con Juanín y Bedoya.

        La cacería de Bedoya, en la que también falleció San Miguel, puso de manifiesto las relaciones de este último con la policía. Lo que alimentó la idea de la conspiración de Bedoya y su cuñado para acabar  con Juanín. No es en absoluto probable que Bedoya entregase a Juanín, por el que sentía gran afecto y admiración. Antes de incorporarse al monte, Bedoya tuvo oportunidad de intentar pasar a Francia, pero prefirió unirse a Juanín. Tras la muerte de éste, Bedoya se sentía solo y vulnerable. No le debió ser muy difícil a San Miguel embaucar a su cuñado con la promesa del viaje a Francia.

 

                   

¿Alguién señaló el paso?

        Otra posibilidad. A nivel popular se barajan algunos nombres, gente que "medró" con el paso del tiempo. 

         Es factible que les estuviesen esperando junto al molino. De todos es sabido que Juanín era extremadamente prudente antes de cruzar una carretera, era capaz de esperar durante horas antes de asegurarse el paso. Teóricamente Juanín y su compañero  ocupaban una posición ventajosa, tanto para observar el movimiento en los alrededores como para repeler Bedoya  los disparos de los guardias. En una fotografía publicada por el Diario Montañes indicando el lugar del encuentro, se puede apreciar la ubicación de los maderos de castaño, tras los que supuestamente se parapetó Bedoya. Las posibilidades de sobrevivir de los guardias, habrían sido más bien escasas.

  Algunos testigos con los que he hablado, aseguran que en el momento en que se escucharon los disparos (que por cierto no fueron muchos)  era aun de día. Alguno de esos testigos, recuerda sin lugar a dudas, estar arreglando su ganado con luz diurna cuando se escucharon las detonaciones. Tampoco recuerdan que estuviese lloviendo como se ha afirmado. Es decir había la suficiente iluminación para observar la presencia de la pareja y sus pasos no fueron ahogados por el ruido de la lluvia. El agua y la noche llegaron más tarde.

       La especial orografía del terreno, con el desnivel situado frente al molino, resultaba un lugar idóneo para esperar sin ser vistos y bien protegidos, a los emboscados.

         

¿Encuentro fortuito con Rollán y Agüeros?

        ¿Todo se debió a un encuentro casual o un servicio mal realizado?. Esta hipótesis, que en un pasado hubiera sido prácticamente desestimada, tiene en la actualidad el peso suficiente para ser tenida muy en cuenta. Pero con también con cierta prudencia.

        Pedro Álvarez llegó a entrevistarse con Leopoldo Rollán, el guardia que mató a Juanín. Su versión: <<Rollán al tomar la curva se encuentra con un hombre que bajaba del camino de Señas y se disponía a cruzar en dirección al molino. En la oscuridad de la noche Rollán movió sus pies y Juanín se volvió. Al ver al guardia,  Juanín comienza a huir en zigzag, mientras dispara su pistola. Rollan dispara una ráfaga en abanico, que acaba con Juanín>>.

 

     Según esta versión, dos balas disparadas por Juanín se alojaron en la capa de Agüeros y tres disparadas por Bedoya en la capa de Rollán. Todo entra dentro de lo posible, pero ......... la verdad es que suena un poco peliculesco. Juanín, supuestamente de noche, corriendo en zigzag mientras le disparan una ráfaga de ametralladora, es capaz de hacer dos blancos a su espalda en el capote de Agüeros, que para colmo venía a unos 14 metros de Rollán.

       Bueno, supongamos por un momento que ocurrió algo parecido. De la pareja de emboscados, Bedoya era el que menos pericia e intuición tenía. Pudo fallar en la observación y en los disparos. A buen seguro, de haber sido Juanín en lugar de su compañero,  el encargado de cubrir el paso desde el antiguo cementerio, la suerte de los dos guardias habría sido bien diferente.

       

 

¿Llegó a estar Juanín en Francia?

 

        Algunas informaciones indican la posibilidad de que Juanín llegó a estar en alguna ocasión en suelo Francés. No existe una evidencia fidedigna al respecto. Sin embargo si se le sitúa en otras regiones y en la capital de España a lo largo de sus 14 años como emboscado. 

       En cuanto a los motivos para permanecer tanto tiempo en el monte (como sobre otros aspectos de su vida) existe un amplio abanico de posibilidades. Desde motivos puramente personales, al estar muy unido a su madre, de la que decían le era muy difícil apartarse. Hasta los motivos puramente económicos, al haber encontrado en la vida como huido, una forma de percibir importantes ingresos, no solo fruto de los asaltos o secuestros, sino de las aportaciones que a modo de "impuesto revolucionario" efectuaban caciques e indianos de la zona, bien por simpatía a la causa o por miedo a ser objeto de sus acciones. 

       No parece muy creíble la justificación de su permanencia por motivos puramente económicos. Isidro Cicero ha calculado que la pareja de emboscados consiguió 78.651 pesetas entre 1953 y 1957. Una sencilla operación aritmética nos permite conocer el <<presupuesto>> de los dos guerrilleros.  

       Los que le conocieron íntimamente, se inclinan por motivos puramente idealistas y románticos, fruto de una vida llena de injusticias y persecuciones.

      Varios fueron los intentos por convencerle para ir al vecino país:

      - Lorenzo Sierra tras abandonar el monteee por problemas n la vista llega a Madrid. A través de su madre le hace llegar a Juanín documentación falsa e instrucciones para unirse a él y atravesar la frontera. La respuesta a la madre de Lorenzo: "prefiero morir aquí".

      - Los familiares de Gildo le ofrecieron la necesaria cobertura rechazándolo.

      - El padre Prieto, director de la Escolaaanía de la Pontificia de Comillas, también intentó convencer y ayudar a Fernández Ayala a salir al extranjero.

      - En 1955, cuando huyen José Marcos Campppillo y Santiago Rey, esperaron hasta el último minuto a Juanín y Bedoya, quienes finalmente desistieron.  

      Se tiene constancia de que en los últimos años, Juanín llegó a plantearse su paso a Francia. Su amigo de la infancia Don Desiderio, capellán del Monasterio de Santo Toribio, mantuvo en octubre de 1956 contactos con el Ministerio de la Gobernación para negociar la salida del país de Fernández Ayala. Se exigió como garantía una carta firmada por el Generalísimo Franco autorizando la salida, debiendo ser depositada una copia del documento, para evitar posibles traiciones, en la agencia de noticias United Press. Obviamente, tal exigencia no fue cumplida.

 

¿Fue un personaje sanguinario?

       La prensa de la época presentaba a Juanín como un bandolero cruel y sanguinario,  que tenía a modo de trofeo en la cueva donde se escondía, los  28 tricornios y correajes de los guardias civiles que había asesinado. Con la correspondiente inscripción en los mismos de la fecha en que acabó con ellos.

       En esa línea estarian las controvertidas declaraciones de Victorio Vicuña, antiguo jefe de la X Brigada de la UNE en Francia, recogidas por Mikel Rodríguez y que podéis encontrar en el apartado "documentos" http://es.geocities.com/los_del_monte/Mikel_Rodriguez.htm

       Vicuña, define a Juanín como un temido personaje que en su cueva conservaba decenas de tricornios y correajes de los guardias a los que había asesinado.

        La propia guardia civil da poco crédito a esa posibilidad. Un oficial de ese cuerpo manifestaba que dado el carácter bromista del fugitivo, bien podrían ser tricornios sustraídos en el cuartel de la Vega o en algún otro lugar.

        Contrariamente a la fama atribuida, Fernández Ayala cometió un asesinato, el del cabo José García en Ruiloba. Este a su vez había dado muerte meses antes a "el Tuerto" en un enfrentamiento en el monte Valdediezma.

        Juanín y José García eran amigos de la infancia. El cabo García sentía especial animadversión sobre Quintiliano Guerrero, "el tuerto". En alguna ocasión había hecho público su deseo de acabar con él. Juanín llegó a realizar la siguiente advertencia cara a cara a José: "el día que te cargues al tuerto, 24 horas duras".

       Un enlace de Juanín vio como felicitaban al cabo García tras haber dado muerte al tuerto. Se desplazó hasta donde permanecía oculto el emboscado. Afirma que al darle la noticia, Juanín abandonó precipitadamente el lugar totalmente encolerizado. Había terminado una larga amistad.

       Sin embargo, parece ser que el asesinato de José García, pudo deberse más a un hecho fortuito. Juanín disparó sobre él al verse descubierto una noche en Ruiloba asaltando un establecimiento comercial. Algunas personas cercanas al guerrillero aseguran que fue horas más tarde, cuando realmente se enteró de que el guardia sobre el que había disparado, era el cabo García. Las mismas fuentes afirman que Juanín escribió una carta entrañable en la que manifestaba a la viuda su dolor por lo sucedido.

       Un antiguo enlace manifestó que un día encontrándose con Juanín, le sugirió un lugar por donde pasarían una pareja de guardias que le andaban buscando sugiriéndole la posibilidad de acabar con ellos. Juanín se volvió enfurecido al enlace: "pero que dices, ¿tu sabes lo que cuesta hacer un hombre, para que llegue un hijo puta y lo mate?". 

        Está lo suficientemente contrastado el carácter afable, noble y desprendido del emboscado. Y también según dicen era  bien parecido.  Cuando a alguna mujeruca que lo conoció e incluso moceó con él en las romerías lebaniegas, la he preguntado ¿y era guapo Juanín?, he podido apreciar junto a una inmensa sonrisa, ese especial brillo en los ojos que ni el paso del tiempo es capaz de apagar, mientras respondían: <<si que era guapo, si. Era muy buen mozo, una gran persona y  muy simpático>>. Pero también tenía otro aspecto que mostrar. Cuando la ocasión lo requería, adoptaba un carácter duro e incluso violento. Sabía imponerse en el grupo.

           Tampoco algunos guardias tenían mal concepto del emboscado. <<Habéis de saber que yo a Juanín le respeté mucho. Y si vosotros supierais su historia y su genialidad lo respetaríais igual. Me tuvo a tiro varias veces, pudo haberme matado y no lo hizo. Sabía que al fin y al cabo yo no era más que un pobre guardia. Las circunstancias le obligaron también a él a ser lo que fue>>, relata un guardia civil retirado.

      Mauricio, otro miembro de la benemerita dice refiriéndose a Juanín: <<Pudo haberme matado, pero no era un sanguinario. ¡que vida a tenido que llevar uno!. Hoy cayó este hombre muerto, otro día pude haber caido yo. Pro estad seguros, que ni él, ni yo, ni nadie de los que andábamos agarrando mojaduras, miedos y hambres merecíamos morir a tiros. Os lo aseguro>>

      Sobre sus convicciones religiosas, en su entorno familiar se asegura era creyente. Cuando murió, entre sus efectos personales llevaba una estampa de la Virgen de la Luz, de quien al parecer era muy devoto. El hecho fue silenciado en la prensa de la época.

      Presidiendo el monte de la Viorna, sobre el monasterio de Santo Toribio, se encuentra una gran cruz de hormigón. Se comenta que Juanín y Gildo ayudaron a José Posada, a subir por las noches con sus burros, el material necesario para la obra.

       Otro hecho no debe de pasarnos desapercibido. Varios miembros de la iglesia mantuvieron contacto con el fugitivo e intentaron ayudarle.

     Quienes le conocieron, afirman que Fernández Ayala, era una persona normal. Ni un bandolero ni un revolucionario. Seguramente, sin aquellas palizas, y de haber sido posible su reincorporación normal a la sociedad, como muchos otros lebaniegos habría emigrado en los años sesenta hacia alguna ciudad industrial, donde con su habilidad e inteligencia, a buen seguro habría llevado una vida tranquila y digna.

     ¡Como la mayoría de los del monte!

 

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